martes, 15 de diciembre de 2009

En Francia, los monjes del siglo XXI viven como las primeras comunidades cristianas

Las Fraternidades Monásticas de Jerusalén. Son monjes del siglo XXI: armonizan la vida monástica de oración y ascética con trabajos en oficinas o empresas, en ocasiones en las grandes ciudades. Estamos hablando de los monjes y monjas de las Fraternidades Monásticas de Jerusalén que cumplen sus 25 años de vida.
El padre Padre Pierre-Marie Delfieux, quien fundó esta nueva familia religiosa con la aprobación del anterior arzobispo de París, el cardenal François Marty, explica. «Somos ciudadanos, hombres y mujeres, que viven en el corazón de la ciudad; cada uno de nosotros tiene un trabajo dependiente con tiempo reducido, alquilamos nuestras casas. No tenemos propiedades privadas, queremos ser pobres, como San Francisco».
Tras dos años de vida eremítica en el Sahara, en Assekrem, el padre Delfieux, antiguo capellán de la Sorbona, decidió seguir su misión en el corazón de las ciudades. Inspirándose en la oración de Jesús --"Padre, no pido que los saques del mundo, sino que los libres del mal"-- los monjes y las monjas de Jerusalén, como él dice, «se esfuerzan en llevar la oración a la ciudad y la ciudad a la oración, crear un oasis en el "desierto" de la soledad, de la inquietud, de la búsqueda o de la indiferencia, dando vida a un espacio de silencio y de oración, que sea al mismo tiempo un lugar de acogida y de encuentro».
Hoy, estos «vigías sobre los muros de la ciudad» son 150, entre hermanos y hermanas. Están muy presentes en París, donde son unos sesenta, en Estrasburgo, en Vézelay, en Florencia, en Magdala y en Lourdes-Ossun. En los próximos días, algunas monjas se instalarán en Roma, en la Iglesia de San Calixto, y en Jerusalén, en la Casa de Abraham, ante los muros de la ciudad vieja. Se establecerán pronto en Bruselas, en la Iglesia de Sant-Gilles, y en el Monte Saint-Michel, custodiando una de las abadías benedictinas más sorprendentes de la historia.
Para recordar la primera liturgia cantada, que tuvo el 1 de noviembre de 1975 bajo la cúpula de la iglesia de Saint-Gervais de París, en 2009, para la fiesta de todos los Santos, el cardenal Jean-Marie Lustiger, arzobispo de París, se unió a los hermanos y hermanas de la Fraternidad de Jerusalén a las once de la mañana. Los 150 miembros asistieron a la consagración del nuevo altar de la iglesia y «dieron gracias al Señor por todo lo que les ha permitido vivir» en estos 25 años. Esa misma tarde, el cardenal Paul Poupard, presidente de Pontificio Consejo para la Cultura, les dio una conferencia sobre el tema «Evangelizar a través de la belleza».
Desde 1996, previa aprobación de las congregaciones romanas, las Fraternidades monásticas de Jerusalén se han transformado en institutos religiosos, que se organizan, se administran y se financian con autonomía.
Mantienen también un lazo directo con la iglesia diocesana, en la línea indicada por el Concilio Vaticano II. Aún viviendo en medio del ruido y la confusión de la ciudad, los monjes y monjas, cuya edad media está en torno a los 35 años, se reservan tiempos y lugares de silencio y de oración, en un espíritu de comunión.
Tres veces al día, se reúnen en la iglesia que les ha sido confiada para cantar, en polifonía. Por la mañana celebran laudes con las que se preparan para ir al trabajo. A mitad de la jornada (durante la pausa del trabajo) se reúnen para participar en el oficio de lecturas. Ya e la tarde, las vísperas y la eucaristía congregan a estos monjes del siglo XXI al final de su jornada laboral.
¿Una vida difícil y complicada? «No tanto como se podría creer», asegura el padre Delfieux. En torno a estos médicos, ingenieros, farmacéuticos, enfermeras y secretarias (la mayor parte de los miembros de la comunidad han acabado estudios universitarios), que tratan de conjugar los valores de la vida activa con los de la vida monástica, se han constituido una veintena de Fraternidades laicas, las Familias de Jerusalén, que cuentan con 800 miembros. Más información en http://jerusalem.cef.fr/.
Fuente: Zenit.org
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lunes, 14 de diciembre de 2009

La nada de San Juan de la Cruz (14 de diciembre)

“Nada, nada, nada… y aún en el monte nada”. Así leemos en el gráfico de la Subida del Monte Carmelo que Juan de la Cruz- GRAN PEDAGOGO- usaba como medio visual para explicar su doctrina sobre el camino que lleva a la igualdad de amor con Dios, a la unión con el Infinito, con el Amado.
A Juan se le conoce por tantas cosas. Y uno de sus sellos distintivos es, precisamente, el de la NADA y la NEGACIÓN. Tanto es así que su doctrina ha sido tantas veces malinterpretada. Hay quien le tiene miedo porque hablar de la NADA parece ser sinónimo de ascesis, mortificación, renuncia al placer, al gozo de la vida…
Pero el sinónimo más cercano a la NADA sanjuanista nada tiene que ver con ninguno de esos términos. La palabra que mejor expresa su NADA es el TODO. La nada es condición, es camino, es decisión por la plenitud, es opción por la libertad más absoluta, por el placer más auténtico, por la felicidad que no acaba nunca.
Pero caminar, gozar, ser libre, ser feliz, todas estas metas presentes en el corazón de todo ser humano, requiere de un serio aprendizaje y entrenamiento, de una preparación, de una disposición más interior que exterior. Conformarse con placeres pasajeros, querer atrapar la felicidad como si de un objeto se tratase, no son más que impedimentos para alcanzar el TODO, el Absoluto, la Plenitud.
Juan de la Cruz, maestro de las Nadas, porque conocedor profundo de la psicología del alma, sabe que lo infinito no puede poseerse, no puede encerrarse en un frasquito… Quien quiere atraparlo cae en el reduccionismo y se frena en el camino hacia el infinito. NADA es NADA. NADA es absoluto, nada es TODO. Paradoja o contradicción. Pero sabiduría sencilla y simple, verdad evidente a los sentidos naturales. Quien se llena la boca de sabores no tiene el gusto preparado para gustar; quien se llena el oído de ruidos, no capta la melodía más bella del silencio; quien se abruma de olores y perfumes, no distingue ni percibe el aroma suave de la brisa; quien busca solo satisfacer el tacto, no tiene las manos libres para dejarse acariciar por el aterciopelado plumaje de una Presencia que se escribe con mayúsculas.
Por eso la NADA es el Todo. Es preparación y disposición. Es una opción fundamental en la vida. Si quieres dar la mano al AMIGO y abrazarle, tienes que soltar todo lo que en ellas llevas; si quieres gozar el Infinito, has de dejar de entretenerte en los finitos… Nadie puede servir a dos señores… porque donde está tu tesoro, allí también está tu corazón.
La NADA es radicalidad, no admite caminos intermedios. No importa como sea la cadena que te tiene atado y te impide volar. Mientras no la rompas no podrás emprender el vuelo. Es igual si se trata de una gruesa cadena, o de un hilo fino, o dorado. Para volar hay que romperlo: eso es la NADA.
La Nada de Juan es camino que pasa por muchas etapas, por muchas noches. La nada es subir, la nada es entrar en la oscuridad, la nada es abrirse al conocimiento de sí, la nada es el modo natural de ser, la nada es la pobreza de espíritu, la nada es vestirse de esperanza, la nada es aprender y saber amar, la nada es el modo para no impedir al todo, la nada es el olvido. Y la Nada, aún siendo nada, lo es Todo.
 Por Francisco Javier Sancho Fermín, ocd
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viernes, 11 de diciembre de 2009

Fidesco, una sorprendente organización católica de voluntariado internacional

Fundada en 1981, bajo la tutela de la Comunidad del Emmanuel (http://accueil.emmanuel.info/), Fidesco nació como una ONG de solidaridad internacional. Su misión: enviar voluntarios a los países del hemisferio sur para poner sus competencias profesionales al servicio de proyectos de desarrollo, de ayuda a las poblaciones locales o de acciones humanitarias.
Los voluntarios de Fidesco son de todo tipo: solteros, parejas, familias, jóvenes, adultos, jubilados, todos tienen como consigna trabajar desde su fe católica por los necesitados. He ahí la razón del nombre: Fides (Fe) y Co (Cooperación).
"Esto corresponde bien a la idea que yo me hacía de un voluntariado", afirma sonriendo al diario francés ‘La Croix' Virginie Persohn, voluntaria Fidesco desde hace un año en Madagascar, quien partió para tierras africanas tras terminar sus cursos en la Escuela de Agricultura de Purpan, en Toulouse, Francia. Virginie se ocupa de la fábrica de quesos y del vivero de árboles frutales en el Centro de Formación Rural de Andriamboasary, a 10 km de Fianarantsoa, ciudad ubicada en la zona central de la isla africana.
Junto con Virginie, en el Centro de Formación Rural se encuentran Luis María de Bourayne y Agnès Mignot. Louis-Marie, que acaba de terminar cursos en el Agro de París, también está allí desde hace un año. Él se encarga de la gestión de la granja-escuela, que cuenta con 26 vacas lecheras, 900 gallinas y 25 hectáreas de cultivos. Agnès, quien es la única que pertenece a la Comunidad del Emmanuel, es la directora del centro, y la encargada de acoger a los 35 estudiantes locales que cada tres semanas llegan para aprender los diversos oficios.
Todas las actividades se desarrollan en coordinación con la diócesis de Fianarantsoa. El centro cuenta con una capilla para la atención de las necesidades espirituales.
"¡Partan, Den! ¡Compartan uno o dos años de su vida!", reza la publicidad de Fidesco, ONG que cuenta en la actualidad con 170 voluntarios.
Fundada tras un encuentro en el Vaticano de miembros de la Comunidad del Emmanuel con obispos africanos, Fidesco consigue voluntarios que se ponen al servicio de socios de la Iglesia Católica local, en respuesta a una necesidad y un pedido. Esos socios trabajan ya por el bien de poblaciones desfavorecidas en dominios muy diversos: educación, gestión, construcción, salud y en variados establecimientos, como dispensarios, centros de refugiados, centros de niños de la calle, granjas-escuela, etc.
Con un trabajo muy orientado hacia el África, Fidesco se aprovecha de la experiencia de la Iglesia de ese continente, la cual cuenta con una experiencia única al servicio de los pobres, la defensa y promoción de sus derechos y la buena gestión de los medios que le son consagrados. Asimismo, Fidesco se rodea de una red de expertos (médicos, agrónomos, economistas, antiguos cooperantes, socios locales) para estudiar los proyectos en los que se compromete y asegurar el seguimiento técnico en el terreno.
Para obtener más información se puede visitar http://www.fidesco.fr/fidesco.php,
La Comunidad del Emmanuel son los que editan "Il est vivant!" (Él está vivo!),
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miércoles, 9 de diciembre de 2009

Mensaje de Benedicto XVI para el Adviento

El Papa se asomó al mediodía a la ventana de su estudio que da a la Plaza de San Pedro para rezar el Angelus con miles de personas allí congregadas.
El Santo Padre explicó que en este segundo domingo de Adviento, San Lucas en su Evangelio "concentra la atención sobre Juan el Bautista, precursor del Mesías, y traza con gran precisión las coordinadas espacio-temporales de su predicación".
"El evangelista -continuó- quiere mostrar a quien lee o escucha que el Evangelio no es una leyenda, sino la narración de una historia verdadera, que Jesús de Nazaret es un personaje histórico integrado en aquel contexto preciso. El segundo elemento digno de ser subrayado es que, después de esta amplia introducción histórica, el sujeto pasa a ser "la Palabra de Dios", presentada como una fuerza que baja de lo alto y desciende sobre Juan el Bautista".
Benedicto XVI puso de relieve que "la Palabra de Dios es el sujeto que mueve la historia, inspira a los profetas, prepara el camino del Mesías, convoca a la Iglesia. El mismo Jesús es la Palabra divina que se hizo carne en el seno virginal de María: en Él, Dios se reveló plenamente, nos ha dicho y dado todo, abriéndonos los tesoros de su verdad y misericordia".
"La flor más bella que germinó de la Palabra de Dios es la Virgen María. Ella es la primicia de la Iglesia, jardín de Dios en la tierra. Pero, mientras María es Inmaculada -así la celebraremos el día 8-, la Iglesia tiene necesidad continua de purificación, porque el pecado acecha a todos sus miembros. En la Iglesia tiene lugar siempre una lucha entre el desierto y el jardín, entre el pecado que reseca la tierra y la gracia que la riega para que produzca frutos abundantes de santidad. Pidamos, por tanto, a la Madre del Señor que nos ayude, en este tiempo de Adviento, a "allanar" nuestros caminos, dejándonos guiar por la Palabra de Dios".
Benedicto XVI 6/12/09
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viernes, 4 de diciembre de 2009

Sobre la Iglesia Católica y la Anglicana

Desde el siglo XVI, cuando el rey Enrique VIII declaró la independencia de la Iglesia de Inglaterra de la autoridad del Papa, dicha Iglesia creó sus propias confesiones doctrinales, usos litúrgicos y prácticas pastorales, incorporando con frecuencia ideas de la Reforma europea. La expansión colonial del Reino Unido, unida al apostolado misionero anglicano, llevó al nacimiento de una Comunión Anglicana a nivel mundial.
En el curso de los más de 450 años de su historia, nunca se descartó la cuestión de la reunión entre anglicanos y católicos. En la mitad del siglo XIX, el Movimiento de Oxford (en Inglaterra) mostró un nuevo interés por los aspectos católicos del anglicanismo. Al inicio del siglo XX, el cardenal Mercier, de Bélgica, emprendió coloquios públicos con anglicanos con el objetivo de explorar la posibilidad de una unión con la Iglesia Católica bajo la bandera de un anglicanismo "reunido pero no absorbido".
El Concilio Vaticano II alimentó aún más la esperanza de una unión, en particular con el Decreto sobre el ecumenismo (Unitatis Redintegratio, n. 13), que al hacer referencia a las comunidades separadas de la Iglesia Católica en el tiempo de la Reforma, confirmaba: "Entre éstas [comuniones] en las que siguen subsistiendo en parte las tradiciones y las estructuras católicas, ocupa un lugar especial la Comunión Anglicana".
Desde el Concilio, las relaciones entre anglicanos y católicos romanos han mejorado el clima de comprensión y mutua cooperación. La Comisión Internacional Anglicano Católica (ARCIC) ha redactado una serie de declaraciones doctrinales a lo largo de los años, con la esperanza de crear el fundamento para una unión plena y visible. Para muchos de los que pertenecen a las dos Comuniones, las declaraciones de la ARCIC han puesto a disposición un instrumento en el que pueda ser reconocida la común expresión de la fe . En este contexto debe enmarcarse la nueva disposición del Papa.
En los años sucesivos al Concilio, algunos anglicanos han abandonado la tradición de conferir las órdenes sagradas sólo a los hombres, llamando al presbiterado y al episcopado también a mujeres. Más recientemente, algunos segmentos de la Comunión Anglicana se han alejado de la enseñanza común bíblica sobre la sexualidad humana, expresada claramente en el documento de la ARCIC "Vida en Cristo",
confiriendo las órdenes sagradas a clérigos abiertamente homosexuales y bendiciendo las uniones entre personas del mismo sexo. Mientras la Comunión Anglicana tiene que afrontar estos desafíos nuevos y
difíciles, la Iglesia Católica sigue plenamente comprometida en su diálogo ecuménico con la Comunión Anglicana, en particular a través de la actividad del Consejo Pontificio para la Promoción de la Unidad de
los Cristianos.
Mientras tanto, muchos anglicanos han entrado individualmente en la comunión plena con la Iglesia Católica. En ocasiones, han entrado también grupos de anglicanos, conservando una cierta estructura "corporativa". Esto ha sucedido, por ejemplo, en el caso de la diócesis anglicana de Amritsar en la India y de algunas parroquias en los Estados Unidos que, si bien mantienen una identidad anglicana, han entrado en la Iglesia Católica en el marco de una "medida pastoral" adoptada por la Congregación para la Doctrina de la Fe y aprobada por Juan Pablo II en 1982. En estos casos, la Iglesia Católica ha dispensado con frecuencia del requisito del celibato, admitiendo que los clérigos anglicanos casados que desean continuar el servicio
ministerial como sacerdotes católicos sean ordenados en la Iglesia Católica.
En este contexto, los ordinariatos personales instituidos según la reciente constitución apostólica pueden ser vistos como un paso más hacia la realización de la aspiración por la unión plena y visible en la única Iglesia, que es uno de los objetivos principales del movimiento ecuménico.
Fuente Agencia Zenit
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miércoles, 2 de diciembre de 2009

Oración de petición, de pretensión e indeterminada

Nuestro Señor nos dijo muy clara y rotundamente: “Pidan, y se les dará; busquen y encontrarán; llamen y se les abrirá. Porque quien pide recibe, quien busca encuentra, y a quien llama se le abre”. (Mt 7,7-8).
Y no solo se encuentra esta promesa divina en el Nuevo Testamento, sino también en el Antiguo. Así en las profecías de Jeremías se puede leer. “Clama a mí y te oiré”. (Jer 33,3). En el Libro de los Salmos puede leerse: “Invócame y te libraré”. (Sal 49,15). En el libro de los Proverbios también está escrito: “Yahvéh se aleja de los malos, y escucha la plegaria de los justos”. (Prov 15,29).
En relación al Nuevo Testamento, las cartas apostólicas de San Pablo están llenas de alusiones a esta promesa del Señor (1Tm 2,1; Flp 4,6; Rm 8, 26), y San Juan también manifiesta: “Esto os escribo a los que creéis en el nombre del Hijo de Dios, para que conozcáis que tenéis la vida eterna. Y la confianza que tenemos en El es que, si le pedimos alguna cosa conforme con su voluntad, El nos oye. Y si sabemos que nos oye en cuanto le pedimos, sabemos que obtenemos las peticiones que le hemos hecho”. (1Jn 5,13-15).
Pero todas estas promesas del Señor, vemos que nuestro juicio no funcionan. Pedimos y no recibimos, y no es que pidamos gollerías, sino que muchas de nuestras peticiones a nuestro juicio, son completamente razonables. ¿Por qué muchas veces, no se nos da lo que pedimos, ni encontramos lo que buscamos, ni se nos abren las puertas que necesitamos? ¿Qué es lo que pasa? Veamos.
El Catecismo de la iglesia católica en su parágrafo 2629, nos dice que “El vocabulario neotestamentario sobre la oración de súplica está lleno de matices: pedir, reclamar, llamar con insistencia, invocar, clamar, gritar, e incluso "luchar en la oración". Pero su forma más habitual, por ser la más espontánea, es la petición: Mediante la oración de petición mostramos la conciencia de nuestra, relación con Dios: por ser criaturas, no somos ni nuestro propio origen, ni dueños de nuestras adversidades, ni nuestro fin último; pero también, por ser pecadores, sabemos, como cristianos, que nos apartamos de nuestro Padre. La petición ya es un retorno hacia El”.
Son varias las razones por las que nos vemos defraudados en nuestras peticiones. De entrada conviene tener presente que el 90% de nuestra peticiones, por no decir el 95% de ellas se refieren a la demanda de necesidades de salud, bienes temporales y otras demandas no espirituales. Podemos estar seguros que si nuestra petición es de bienes espirituales, nunca vamos a quedar defraudados, amén de que la concesión será siempre velozmente atendida y en cuantía superior a nuestra demanda, cosa esta muy típica de la conducta divina.
¿Qué es, lo que esto quiere decir? Pues muy sencillo que el gran porcentaje de peticiones de bienes materiales que se le hacen al Señor, Él estima que concederlas no va a redundar en lo que más le interesa a Él, en nuestra eterna felicidad para el día de mañana, ya que la concesión de estos bienes, nos pueden apartar de Él. En general el Señor frente a una petición nuestra, reacciona de tres formas distintas: la primera, “no porque no te conviene”; la segunda, “espera un poco, todavía no”; la tercera, “no porque tengo pensado algo mucho mejor para ti”.
Con lo dicho, no quiero asegurar ni decir, que la oración de petición de bienes materiales, sea reprobable, ni mucho menos siempre le es agradable al Señor, pues pone de manifiesto nuestra dependencia y nuestro amor a Él, lo que ocurre es que es más perfecta aquella oración, en la que le pedimos solo bienes espirituales. De los bienes materiales que necesitamos, ya nos dijo Él, que se ocuparía. Los bienes materiales que obtengamos, siempre estarán limitados en el tiempo, con nuestra partida aquí los dejaremos. Los espirituales que obtengamos, nos los llevaremos consigo y serán eternos, ellos serán un índice indicativo del tamaño de nuestra futura gloria en el cielo.
Pero en relación con la posibilidad de obtener lo que se pida, existe una circunstancia que bloquea siempre la concesión de lo que se pide. Nos referimos a la que podríamos denominar, “Oración de pretensión”. Esta oración, es aquella en la que pedimos, fijando condiciones, o solicitando unas aspiraciones desmedidas. Pedir no es pretender, el que pretende siempre apoya su petición en unos determinados derechos reales o imaginarios, pero frente al Señor nosotros no somos nada, carecemos de todo derecho. Nunca podemos poner condiciones y si lo hacemos, no somos conscientes de cuál es nuestra situación.
El hecho de pedir requiere grandes dosis de humildad, y muchas veces pedimos creyéndonos merecedores de lo que pedimos, es decir no ejercitamos la oración de petición, sino una oración de pretensión. Tal como dice San Agustín, para pedir, hemos de hacernos lo que somos: “mendigos de Dios”. Nunca debemos de olvidar que Dios es el todo y nosotros la nada. Solo la humildad en la oración, será esta siempre la que nos dé la llave de lo que deseamos obtener. Y es la humildad en la oración de petición, la que nos falta. En la mayoría de las veces nuestra oración de petición, pasa entonces a ser una oración de pretensión.
La humildad perfecta en la oración nos la da la llamada “oración indeterminada”. Que podemos situarla en contraposición con la oración de pretensión. La oración de petición indeterminada, es aquella, en la que con carácter general, y reconociéndonos nuestra incapacidad para saber pedir, le pedimos al Señor, aquello que más nos conviene, nos dirigimos a Él, en súplica de que remedie nuestra incapacidad y nos concedas lo que a su juicio más necesitamos. Tal es el criterio de San Agustín que decía: “Te aconsejo y exhorto en nombre del Señor que tratándose de los bienes temporales, no le pidas nada en concreto, sino lo que El sabe que te conviene”. En el Kempis se puede leer: “Señor, Tú sabes perfectamente lo que es mejor para mi; hágase esto o aquello como Tú dispongas. Dame lo que cuanto quieras y cuando quieras. Trátame como sabes y como mejor te plazca, a mayor honra tuya”. Y San Pablo se manifestaba diciendo: "Y de igual manera, el Espíritu viene en ayuda de nuestra flaqueza. Pues nosotros no sabemos cómo pedir para orar como conviene; más el Espíritu mismo intercede por nosotros con gemidos inefables”. (Rm 8,26).
Por último terminaremos recordando la frase de San Juan de la Cruz que decía: “De Dios no se alcanza nada si no es por amor”. El amor es el todo para todo.
Por: Juan del Carmelo (Religión en Libertad)
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martes, 1 de diciembre de 2009

La Palabra de Dios no tiene precio, pero su predicación tiene costos

Artículo de monseñor José Ignacio Munilla Aguirre, obispo de Palencia, España:
En esta ocasión me voy a centrar en el que suele resultarnos más "antipático": pedir dinero.
Soy consciente de la fama que tradicionalmente se nos ha "adjudicado": "¡Pides más que un cura!". Sin embargo, en honor a la verdad, me atrevo a denunciar la falsedad del dicho popular, por muy recurrente que sea. Las cosas no son lo que aparentan: hay algunos que "parece que piden, cuando en realidad están dando"; mientras que hay otros muchos que, "parece que dan, cuando lo cierto es que están pidiendo". No quiero poner ejemplos concretos, porque a nadie le gusta buscarse enemigos...; pero estoy seguro de que los lectores tienen la agudeza suficiente para concretar este principio en casos prácticos...
No sé si lo recordaremos... pero éste es el quinto y último de los preceptos de la Santa Madre Iglesia: "Ayudar a la Iglesia en sus necesidades". La razón es obvia: la Palabra de Dios no tiene precio, pero su predicación tiene costos... La ayuda que prestamos a la labor evangelizadora de la Iglesia, es proporcional a nuestra estima de la vida de la gracia que a través de ella recibimos.
Recientemente, un misionero en África que pasaba unos días de merecido descanso entre nosotros, me decía lo siguiente: "Cuando vengo a mi pueblo, y pido a mis conocidos ayuda económica para excavar un pozo de agua, encuentro una respuesta pronta y generosa. Sin embargo, si pido colaboración para construir una capilla o para hacer unas aulas para la catequesis, la respuesta es mucho más limitada".
¿Será acaso que todavía no hemos descubierto que la Eucaristía sacia la sed del hombre, y que la Palabra de Dios es lámpara que ilumina nuestro camino?
Nuestra aportación a la Iglesia a través de la Declaración de Rentas es un capítulo importante para el sostenimiento de la Iglesia, aunque el apartado principal es otro: los donativos directos de sus fieles. Por ello, nos estaríamos engañando si pensásemos que con rellenar la casilla de la "X" hemos "cumplido" ya con el compromiso de sostener económicamente nuestra Iglesia.
No olvidemos que esa "x" no añade nada a nuestro desembolso, sino que simplemente canaliza una parte de nuestros impuestos: la Iglesia recibirá una ayuda, pero nosotros pagaremos lo mismo. Dicho a las claras: con la contribución a la Iglesia, no nos estamos "rascando el bolsillo".
Las palabras de Jesús sobre aquella viuda a la que vio echar dos pequeñas monedas en el óbolo del templo, son muy significativas: "...los demás han echado de lo que les sobraba, mientras que ella ha echado de lo que necesitaba" (Lc 21, 4). El desprendimiento de aquella mujer conmovió a Jesucristo, porque era proporcional a su amor. El sostenimiento económico de nuestra Iglesia no sólo es posible por nuestras contribuciones, sino también por una administración muy austera; de forma que los recursos que son puestos en manos de la Iglesia "cunden mucho".
Frente a todos los sambenitos y frases hechas, me atrevo a decir que, en materia de pobreza, en la Iglesia se predica con el ejemplo. No creo que exista otra institución en la que el sueldo de sus máximos responsables sea tan parejo al de los trabajadores más humildes. Tampoco creo que exista otra entidad en la que se haga ¡tanto con tan poco dinero!
En las últimas semanas hemos vivido una noticia que, tal vez, haya podido pasar inadvertida. Me refiero a que cerca de medio millón de cristianos anglicanos han solicitado su ingreso en la Iglesia Católica. Entre ellos se incluyen unos mil clérigos y varias decenas de obispos. Pues bien, esos clérigos conversos, al hacerse católicos, verán reducido su sueldo a un tercio de la cantidad que cobraban anteriormente como clérigos anglicanos. Al abrazar la fe católica, eran conscientes de que la "riqueza en la fe" iría de la mano de la "pobreza en lo material". ¿No es éste un impresionante testimonio de fe y de pobreza evangélica? ¡El que tenga ojos para ver, que vea! ¡Arrimemos el hombro como expresión del amor a nuestra Iglesia Diocesana!
Monseñor José Ignacio Munilla Aguirre,
obispo de Palencia, España
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